Julio siempre gana
Y a mi me ha vuelto a pasar por encima
Os escribo agotada. Y no os lo digo como queja (bueno, un poco sí), sino porque cada año me pasa lo mismo: llego a julio convencida de que este año va a ser distinto, de que me he planificado mejor, de que esta vez sí voy a llegar bien... y cada año acabo diciendo exactamente la misma frase. Julio es agotador.
Los que me leéis desde hace tiempo ya sabéis que soy una persona de rutinas. Cabeza cuadriculada, analítica, financiera. Mis rutinas son mi sistema operativo: si me las quitas, pierdo el control y me desestabilizo bastante. Y eso es exactamente lo que pasa en julio. Porque a la montaña de temas de trabajo que hay que cerrar antes del verano se suma que los niños salen del colegio, y de repente necesitas una planificación adicional, distinta y variada, cada día y cada semana. Y hablo desde una situación privilegiada, con toda la ayuda del mundo, y aun así es complicadísimo. Cada vez que hablo con otra madre este mes le digo lo mismo: no entiendo cómo no nos hemos manifestado ya por cómo está montado el calendario escolar. Un mes entero en el que nadie tiene vacaciones, los niños están sueltos, y tú tienes que conseguir que estén bien y hagan cosas mientras sigues adelante con todo lo demás.
Y las olas de calor (ya he perdido la cuenta de por cuál vamos) no están ayudando nada. No sé si es que con la edad cada vez cuesta más soportarlo, pero empiezo a entender por qué en los países que viven a estas temperaturas todo el año los ritmos son completamente diferentes.
Pero vamos a lo profesional, que es donde de verdad quería llegar. Julio se me ha vuelto a echar encima con un proyecto super importante que tengo que llevar a cabo la semana que viene. Un proyecto que no debía haber caído ahora, bajo ningún concepto. Pero entre retrasos, emergencias y la vida misma, ha acabado aterrizando en julio, a dos semanas de irme de vacaciones.
Y saco este tema porque creo que en el mundo laboral es fundamental planificar el año en función de tres cosas: las fuerzas que tienes, cómo está tu equipo y la estacionalidad de tu negocio. Y en moda, ya lo sabéis, la estacionalidad lo es todo.
En moda tenemos dos temporadas. La de invierno, que para mí va oficialmente de septiembre a febrero: septiembre a diciembre son meses de venta normal, y enero y febrero, rebajas. Y la de primavera-verano, de marzo a agosto, siendo julio y agosto el final, ya en rebajas. Sobre el papel parecen dos temporadas igual de largas. No lo son. El invierno es muchísimo más corto de lo que parece: en septiembre estamos todos de aterrizaje, así que en realidad solo tienes octubre y noviembre para vender. Porque en diciembre cambia el tipo de venta, es Navidad, y aunque vendes mucho, las categorías y las formas de compra son completamente distintas, y hay muchísimas activaciones que en Navidad es directamente imposible hacer, porque la gente está sepultada por todo.
¿Qué significa esto en la práctica? Que en la temporada de invierno no puedes meterte en proyectos complicados. Porque aparte del día a día, todas las marcas tenemos esos proyectos largos, de dos meses, los no urgentes pero importantes. Esos yo intento hacerlos siempre en la temporada de verano, que es más larga y más amable. Para mí, los meses perfectos para llevar a cabo proyectos complicados son febrero, marzo y abril: todavía tienes energía (vienes de Navidad, quizá has podido descansar un poco), y la temporada acaba de arrancar. En mayo la cosa ya se empieza a complicar con las activaciones, y en junio hay tantísimo evento que es directamente misión imposible.
Ese era el momento en el que tenía que haber hecho este proyecto. Y no fui capaz.
Pero bueno, la vida real es esto: gestionar expectativas versus realidad. No puedes fustigarte todo el rato (yo lo estoy haciendo, y trato de no hacerlo, porque a nadie le ha dejado de pasar). Lo único que queda es llevar las cosas a cabo con la mejor energía posible, la que te quede.
Keep moving.
Gracias siempre por leerme,
Elena Zubi


